Música y Fin del Formato Físico
La música no solo estaba ligada a un objeto. Podías conocer al artista, verlo actuar, seguirlo a algún bar, alguna radio (sí, antes se actuaba en vivo en las radios, tanto los artistas populares como la música interpretada por orquestas «cultas»), pequeños o grandes teatros, luego la televisión ayudó a esa difusión, el descubrir. La música siempre era y es el arte que hacía vibrar tus nervios, que hacía que descubrieras que estabas moviendo rítmicamente tu pie. Y los discos de pasta, vinilos, los cassettes y luego los CDs representaron la posibilidad de conservar esa unión entre el artista y cada uno de nosotros.
La Música y Su Ritual Físico
Esos medios físicos, que a pesar de que se perdiera parte del arte gráfico como con los cassettes y los cd, son parte del momento mágico donde decías que esa obra también formaba parte de tí. Y era parte de tí porque ingresaba a TÚ colección privada, a esa parte selecta de tus añoranzas.
Tenías los hermosos vinilos, con el ritual de cómo ponerlos sin dañarlos nunca en el tocadiscos (el viejo dicho «no rayarlos»). Ese ritual tan bello como el tener las tapas en las manos y hojear cada parte de sus añadidos, de sus libros con las letras, intenciones y el arte gráfico. Ese arte gráfico que siempre voló más en el rock progresivo con artistas como Roger Dean, Hignosis, Juan Orestes Gatti y muchos más.

Pero era un Ritual. Como lo era el momento de adquirir esas piezas, muchas veces con desconocimiento total de la obra, solo quizás conociendo el artista. En Argentina era como un acto de fe. No podías escucharlos en las radios (de la televisión olvídenlo), venían sellados en su bolsa. Lo descubrías cuando sonaban por primera vez en tu tocadiscos.
Y todo eso formó y armó tu colección, te pertenecía. Nadie te condicionaba el acceso, lo tenías cuando vos tenías el momento de vuelo sensorial que los necesitabas. Momentos de sentarte y solo escuchar y volar o momentos de «mover el esqueleto», momentos de compañía en cada nota y voz. Buscabas tu estereo, tu cuadrafónico, tu sofá, tu silla, tu rincón (amado rincón) y allí construías el templo.

No necesitabas que una empresa, servidor o licencia condicionaran tu acceso, ya lo tenías y pagaste porque formara parte de tu colección privada. No tenías en medio de una sonata o de un riff un corte porque a ese servicio se le antojara poner publicidad. No había un cartel que al minuto que ya estabas disfrutando te decía que si querés seguir tenés que pagar. Solo ponías lo que tus sentidos querían sentir en ese momento: vuelo, sonrisa, sacudirse, lo que sea…
Streaming y Fin de una Era
Cuando desaparece ese soporte físico, también cambia nuestra relación con la música. Ya no tenemos una colección propia, perdemos esa magia; simplemente accedemos a un catálogo que modificaremos en cualquier momento, puesto que también dependemos de lo que los servidores y empresas bombardearán y a su vez les de más ingresos. Más veces y gente escucha algo, más lo venden para acceder y más necesitan de sus «servicios».
Dejamos de comprar LP, EP, CDs y se comienzan a adquirir permisos de acceso de lo que tienen otros. La música dejó de ser algo que poseíamos y formaba parte de un momento de tranquilidad, de paz, de ritual. Pasó a ser otro servicio disponible mientras otros así lo decidieran.
Así se impuso el streaming. Hoy millones de canciones parecen estar siempre disponibles, pero su acceso a ellas depende de acuerdos comerciales, licencias y decisiones empresariales.
Es cierto, que si sos curioso, si sos una roca que gira y no permite que el musgo se le adhiera, puede que descubras cosas, bandas muy interesantes que probablemente habrían sido muy difíciles de encontrar solo por nuestra cuenta (aunque recordemos lo dicho más arriba: la cuestión de fe cuando veíamos algo que estaba sellado, imposible de oír en la «disquería», la radio, la televisión). Pero eso depende de esa educación dada por los años de los descubrimientos.
La compañía Sony crea un precedente: el fin de los juegos físicos para PlayStation porque fabricar soportes físicos deja de ser rentable y entonces volvemos al pago para acceder a la plataforma privada de esa empresa para pasar un rato jugando.
Eso crea el otro precedente: el acceso a buena parte del patrimonio musical dependerá casi por completo de plataformas digitales. Serán los que planteen los términos y condiciones para que cada uno de nosotros escuchemos, puesto que ellas decretaran la muerte de una melodía solo por no ser rentable. Olviden un Gong, un King Crimson, un Can, hasta un Genesis si eso no da plata. Solo la existencia de personajes que, para figurar, usan ritmos construidos para perforar la apatía por asalto y hasta a veces muy lejos del buen gusto, letras de muy dudosa calidad y hasta reñidas paradójicamente con los «ismos» sociales reinantes, computadoras para uniformar las voces de muchos que por si solos no pegarían una entonación pero gustan al oído no exigente. Obvio, si sirven se crearán recitales masivos, les llega dinero, CREAN LA ZANAHORIA. Pero cuando los ingresos bajan, desaparecen de un momento a otro, no por decisión del «artista» sino de quien maneja el streaming de turno. Y lo peor es que les hacen creer que se retiraron.
Obviamente, con el streaming desaparece la cultura del Arte de Tapa… y de paso desaparecen muchas recomendaciones. Cuando usan alguna plataforma, hace cuánto que no les muestran temas como Avalon de la Roxy Music, otros temas que no sean Jealous Guy o Imagine de John Lennon, cosas de Depeche Mode o de Tears for Fears o Inxs. Alguna cosilla de Brian May (no! porque vende más el Freddie majestuoso de la mercadotecnia) o te mezclan el My Sweet Lord de George con el asesinato musical que defenestró Julio (porque ese vende). Y en Argentina, olviden descubrir algo que no tenga el mecenazgo del político o corporación reinante, escucha al Charlie pero olvidate de Nito, nunca existieron grupos fuera de los Soda, los Seru, Redondos (aunque nunca hayan escuchado y vivido lo previo a su entrega a la máquina comercial en Obras). Es el reino de la mercadotecnia o pronto de la IA que maneja dicha técnica. Todo parte del negocio, el dinero, la política común y corporativa de turno.
Creo que el streaming es un servicio sumamente útil, pero el debate está en dar libertad para buscar lo que otros no buscan, o solo convertirnos únicamente en usuarios de un acceso que otros pueden retirar.
Ya el no permitir tener tu colección, tus momentos, tu ritual del álbum en las manos mientras escuchas es tristísimo..
Por ahora, creo difícil que desaparezca ya el formato físico musical, aunque veamos menos lugares donde adquirirlo. Pero es un simple círculo cerrado: no hay lugar para adquirirlo, las discográficas dejan de producir ese formato por falta de rentabilidad. Y los formatos físicos pasan a ser objetos de lujo para unos pocos.

Ya en la actualidad hay personas jóvenes que nunca han tenido un álbum de vinilo o un cassette entre las manos. Para muchos de ellos, la música siempre ha vivido en una plataforma online de pago. Y si no tenés como bancarla, escuchá las migajas de baja calidad en lo musical, en sus letras, en sus ritmos. O lo que a un mecenas político o corporativo le convenga.
